5 de mayo de 2017

Quién quiere ser madre


Se me hace raro estar leyendo Quién quiere ser madre a punto de empezar mi próxima regla. Se me hace raro estar leyendo eso de una abundante expulsión de flujo denso y blanco que anuncia la llegada en cuestión de días, algo de lo que yo no tenía ni idea, al mismo tiempo que lo noto en mi misma. Claro que mis circunstancias son muy distintas a las de la novela, porque yo sí espero que me baje la regla. No «espero» de tener esperanza, porque soy muy consciente de que va a venir y no tengo miedo de su falta, me tomo cada día religiosamente la píldora y en mi interior hay una cierta vocecilla que me dice que yo no voy a poder quedarme embarazada nunca. Pero de esto ya hablaré más tarde, o no. 

El caso es que este libro ha vuelto a despertar en mí el deseo de ser madre. No es que estuviera muy dormido, pero de vez en cuando se pasa una temporada hibernando. Aunque yo sé que siempre está ahí, ahora lo noto más latente. Me ha despertado también la conciencia sobre la completa desinformación acerca del embarazo, tanto a nivel biológico como acerca del suplicio que pasan algunas personas para llegar a él. Claro que yo el suplicio, como siempre me pasa con el dolor, lo suelo tener más presente. Y, por último, me ha despertado los miedos. Que también sé que estaban ahí, como el deseo de ser madre, pero estos sí suelo tenerlos más escondidos. Total, todavía es muy pronto y no quiero tener hijos ya, así que dejaré que mi yo del futuro se preocupe por ellos. 

Pero, ¿y si me pasa eso? ¿Y si me veo incapacitada para tener hijos hasta que ya es demasiado tarde? ¿Y si aunque lo intente antes de eso no lo consigo? Estar soltera no me preocupa, porque hace ya tiempo que decidí tenerlos sola, pero ¿y si paso años y años de relación con alguien que, al final, no quiere tener hijos, como yo creía que acabaría ocurriendo? Esta última posibilidad es la que más me asusta, ahora que me he acostumbrado a la vida en pareja, pero luego pienso en cómo, en mis peores épocas de depresión y de soledad, el deseo de un hijo también era más fuerte que nunca. Pensaba que nada me reconfortaría más que eso, llevar un ser dentro de mí (¡eso significaría no estar sola en ningún momento de nueve meses!), en estar unida a él de la mayor forma posible, en el tacto de su piel contra mi piel, su total dependencia de mí y yo de él. Sin embargo, está claro que todo esto proviene de la idea romántica de la maternidad como algo maravilloso y de la creencia de esta como el hecho último que hacer sentir realizada a la mujer. Y yo no creo en ninguna de estas dos cosas, y sé que un hijo, ni ahora ni hace dos años, me salvaría. 

Y, sin embargo, ahí sigue el deseo de ser madre. Y de serlo no ya, pero sí cuanto antes para poder acabar con la incertidumbre. 

4 de abril de 2017

29 de marzo de 2017

Tú no eres como otras madres


Recuerdo perfectamente un capítulo de El segundo sexo en el que Simone de Beauvoir dice, básicamente, que las mujeres vivimos el amor de una forma completamente distinta a los hombres. Para ellos es un aspecto más de su vida, un éxito como también podría ser un ascenso en el trabajo, mientras que para nosotras lo es todo, y esto se debe a cómo se nos ha educado. Se debe a que a nosotras se nos enseña que el amor es el objetivo final de nuestra vida, casarnos, tener hijos; y a los hombres se les enseña que el amor es algo más que conseguir, una mujer que les espere en casa y les proporcione descendencia.

Llevo 63 páginas de Tú no eres como otras madres y no puedo parar de pensar en ese capítulo, y las razones son evidentes:

«Fue para ambos el primer amor, y si bien caló hondo en Fritz, el suyo no podía compararse con el de Else. Era típicamente masculino: exigente, celoso, egoísta, susceptible, dominado por el instinto y a menudo intolerante. Para Else, en cambio, aún atrapada en la trampa del amor, la tutela y los principios maternos, significaba la satisfacción de su vida.»

Él le enseña el mundo del arte, la música, la literatura, una vida completamente distinta a la que le ofrecían sus padres y una vida de la que estaba alejada simplemente por ser mujer, ya que no se correspondía con el destino que le tocaba y que la obligaba a encontrar un buen partido, económica y moralmente hablando, como marido y criar varios hijos. 

Pero la trampa del amor sigue ahí. Y sé que esto no va a ser un relato bello en el que el matrimonio es feliz para siempre: eso casi nunca existe. Y si estás educada en la creencia de que eres un ser inferior, y vives en un mundo que continuamente te lo demuestra, vas a estar siempre convencida de que es así y de que no puedes dejar de intentar demostrar que, al menos un poco, vales la pena

«Fritz se decía que debía de querer mucho a Else para aguantar lo que estaba aguantando. Else, por su parte, se preguntaba durante cuánto tiempo seguiría él aguantándolo.»

Y esto sólo se refiere a los llantos del bebé recién nacido de ambos.