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11 de junio de 2018

En el mar


(Spoilers a partir del segundo párrafo)

Cuando mi padre se prejubiló, pasó varios meses diciendo que se iba a ir a África. Que allí podría vivir con su sueldo, ahora que iba a ser más bajo, sin tener que trabajar y que además nosotros —mis hermanos y yo— ya no lo necesitábamos, así que era el momento perfecto. A pesar de estar probablemente en uno de los peores momentos de nuestra relación, me di cuenta —tardé un tiempo— de que lo que más me enfurecía de eso no era lo absurdo del plan, sino que nos abandonara. Que a pesar de llevarme mal con él (pero no él conmigo), que a pesar de todo, él no fuera estar ahí para cuando me pasaran todas las cosas que se supone que me tendrían que pasar en los años siguientes: terminar la carrera, encontrar trabajo, mudarme. Aunque no creo que se tratara de que yo quisiera compartir todo eso con él —porque no era cuestión de celebrarlo, sino de mi necesidad de su validación, una vez más, a pesar de todo— me enfadaba que me quitara esa posibilidad, que huyera —en esta ocasión siendo consciente de ello— de ser un padre.

En esto pensaba al leer En el mar, con esa huida de Donald, el padre protagonista, y sobre todo cuando dice que las madres ya tienen ganado el amor de los hijos, mientras que los padres tienen que trabajárselo. Pues claro que el amor hay que trabajárselo. Pero no sólo ellos, las madres también, no se pasa a vivir para siempre de las rentas de haber estado nueve meses con tu futuro hijo o hija en el vientre y otros tantos fuera dándolo de mamar (siempre que se habla de esto se hace evidente lo rápido que se olvida por completo a las familias adoptivas, monoparentales y homosexuales, o cualquiera en la que tampoco haya habido porqué vivirse eso). Si parece que las madres ya tienen de por sí el amor de sus hijos ganado, es —resumiéndolo mucho— porque desde que nacen entran en juego una serie de mecanismos, de roles impuestos diferentes para cada género. Pero si pienso en mi padre es porque eso mismo es lo que ha defendido él, siempre con un tono de creerse en una situación de inferioridad, casi de injusticia, y como quien asume una derrota en algo en lo que cree que ni siquiera le han dejado participar. 

Todo el libro, en realidad, me recuerda a él. Toda la travesía en barco, durante la que Donald cree que su hija está con él, que luego desaparece pero que no, que seguía allí, para que al final resulte que la niña ni siquiera se había montado en primer lugar al barco, me parece que describe exactamente la relación de mi padre con sus hijos, con nosotros. Esa idea que tenía él de que era muy buena, de que luego la pierde al divorciarse, creer más tarde que la está recuperando y, al final, todavía no pero sí en algún momento, darse cuenta de que nosotros tampoco nos habíamos subido nunca al barco. 

22 de noviembre de 2017

Suecia

Cómo explicar a los demás por qué no me voy si no sé ni explicármelo a mí misma.

Por qué no me voy. Si estuve tan bien allí, por qué no me voy. 

No me voy porque hay algo que me ata aquí y, sí, tengo miedo a perderlo. No, no me ata: he sido yo quien, poco a poco y casi sin darme cuenta, me he ido agarrando. Puedo soltarme, pero no quiero, porque hace que estar aquí sea casi mejor que en cualquier otra parte. 

Quizá esté equivocada pero no estoy preparada para saberlo. Aún no. 

No me voy porque no sé a qué me iría.

No me voy porque ahora he aprendido que de lo que quiero huir no puedo escapar. Que me perseguiría, que me puede atrapar aquí o allí o en otro lugar. 

No me voy porque tengo miedo de que me atrape estando sola. 

No me voy porque tengo miedo. Me quedo, pero tengo miedo de quedarme. 

5 de mayo de 2017

La vieja eterna estafa

Escribo sobre todo por las noches, como ahora, a las cuatro de la mañana porque no puedo dormir. El sitio y la forma me dan igual: hoy he pasado del ordenador a un papel en sucio en mi mesa, y luego a otro en la cama, apoyándome sobre la tapa dura de la poesía completa de Idea Vilariño que acabo de terminar. Por el día, a veces, me da por escribir en el metro, pero no en los autobuses porque me mareo. Tengo miles de cuadernos que nunca acabo de llenar y que voy dejando perdidos por mi casa, pero que, por supuesto, jamás encuentro cuando necesito uno. Me gusta que sean rayados, porque me tuerzo al escribir y cuando me tuerzo mucho no lo aguanto y tengo que arrancar la hoja y volver a empezar. Esto se lo conté una vez a Rodrigo, estando en una papelería, justo dos días antes de que, por mi cumpleaños y pidiéndome perdón porque no sabía nada de mi manía hasta ese momento, me regaló un cuaderno precioso y sin líneas que me había comprado en París. Le alegrará saber que, a pesar de eso y al contrario que mis cuadernos con líneas, este aún no lo he perdido. Tampoco lo he estrenado, más que para poner mi nombre en la primera página, lo que hago siempre, pero que hoy, ahora mismo, podría escribir, por ejemplo, que una vez vi el atardecer a las 11:35 de la mañana cruzando la frontera entre Finlandia y Noruega, pero que no soy capaz de recordar el frío que se siente allí, a -20º, lo más al norte que he estado. O podría escribir de la soledad y la blancura de las calles de Múnich el día de Navidad muy temprano, que me hacían pensar en las épocas de no sentir nada, ni bueno ni malo, en el vacío y en el agujero en el pecho. O de Martta, la niña finlandesa de tres años que me hablaba durante horas en su idioma inventado y me guiaba como una experta pr el bosque mientras recogíamos arándanos (ella recogiéndolos en su estómago). O de mi dolor de espalda, consecuencia de no haber hecho caso a aquel insoportable traumatólogo que con 10 u 11 años me mandó llevar un corsé veintitrés horas al día, y que yo elegí llevar sólo para dormir. Excepto, curiosamente, la vez aquella en que un conductor decidió salir de un garaje mirando hacia atrás en vez de a la calle por la que yo pasaba, chocando así contra mí o, más bien, contra el duro y grueso corsé. O escribir que me ha hecho gracia, hace un rato, girarme a la izquierda de la cama, su lado, y leer el poema que dice:
Como el que desvelado
a eso de las cuatro
mira con ojos tristes
a su amante que duerme
descifrando la vieja eterna estafa.
Pero a todo eso ya no da tiempo, porque pronto van a ser las 6 y sonará el despertador de un vecino, el que nunca lo apaga, y Rodrigo se dará la vuelta, todavía medio dormido, y dirá «puto despertador», y yo le contestaré «ya ves», aunque, total, a mí no me importe tanto. 


Texto escrito para el curso de relato breve de Hotel Kafka, impartido por Eloy Tizón.

Quién quiere ser madre


Se me hace raro estar leyendo Quién quiere ser madre a punto de empezar mi próxima regla. Se me hace raro estar leyendo eso de una abundante expulsión de flujo denso y blanco que anuncia la llegada en cuestión de días, algo de lo que yo no tenía ni idea, al mismo tiempo que lo noto en mi misma. Claro que mis circunstancias son muy distintas a las de la novela, porque yo sí espero que me baje la regla. No «espero» de tener esperanza, porque soy muy consciente de que va a venir y no tengo miedo de su falta, me tomo cada día religiosamente la píldora y en mi interior hay una cierta vocecilla que me dice que yo no voy a poder quedarme embarazada nunca. Pero de esto ya hablaré más tarde, o no. 

El caso es que este libro ha vuelto a despertar en mí el deseo de ser madre. No es que estuviera muy dormido, pero de vez en cuando se pasa una temporada hibernando. Aunque yo sé que siempre está ahí, ahora lo noto más latente. Me ha despertado también la conciencia sobre la completa desinformación acerca del embarazo, tanto a nivel biológico como acerca del suplicio que pasan algunas personas para llegar a él. Claro que yo el suplicio, como siempre me pasa con el dolor, lo suelo tener más presente. Y, por último, me ha despertado los miedos. Que también sé que estaban ahí, como el deseo de ser madre, pero estos sí suelo tenerlos más escondidos. Total, todavía es muy pronto y no quiero tener hijos ya, así que dejaré que mi yo del futuro se preocupe por ellos. 

Pero, ¿y si me pasa eso? ¿Y si me veo incapacitada para tener hijos hasta que ya es demasiado tarde? ¿Y si aunque lo intente antes de eso no lo consigo? Estar soltera no me preocupa, porque hace ya tiempo que decidí tenerlos sola, pero ¿y si paso años y años de relación con alguien que, al final, no quiere tener hijos, como yo creía que acabaría ocurriendo? Esta última posibilidad es la que más me asusta, ahora que me he acostumbrado a la vida en pareja, pero luego pienso en cómo, en mis peores épocas de depresión y de soledad, el deseo de un hijo también era más fuerte que nunca. Pensaba que nada me reconfortaría más que eso, llevar un ser dentro de mí (¡eso significaría no estar sola en ningún momento de nueve meses!), en estar unida a él de la mayor forma posible, en el tacto de su piel contra mi piel, su total dependencia de mí y yo de él. Sin embargo, está claro que todo esto proviene de la idea romántica de la maternidad como algo maravilloso y de la creencia de esta como el hecho último que hacer sentir realizada a la mujer. Y yo no creo en ninguna de estas dos cosas, y sé que un hijo, ni ahora ni hace dos años, me salvaría. 

Y, sin embargo, ahí sigue el deseo de ser madre. Y de serlo no ya, pero sí cuanto antes para poder acabar con la incertidumbre. 

4 de abril de 2017

14 de marzo de 2017

La decepción y la culpa

El otro día me desperté para enterarme de que Chimamanda Ngozi Adichie, autora del conocidísimo We Should All Be Feminists, había dicho que le costaba equiparar las experiencias de las mujeres trans con las de las mujeres, puesto que estas han vivido antes de su «transición» los privilegios de ser hombre. No voy a meterme en por qué esta afirmación es errónea, por qué no tiene sentido decir que una mujer trans no es lo mismo que una mujer cis porque antes «ha sido» hombre, puesto que ya ha habido gente con mucha más (o con muchísima más) idea que yo que ha escrito sobre ello. Lo que quiero contar es lo que sentí al enterarme. 

Admiro mucho a Adichie. Disfruté mucho de ese librito y no he parado de recomendar que lo lean a personas que quieren introducirse en el mundo del feminismo o que quieren tener argumentos con los que poder explicar a gente que no sabe nada (o que incluso lo rechaza) por qué es necesario. También leí sus relatos recogidos en Algo alrededor de tu cuello y me conquistó todavía más. Me encanta cómo escribe y me encanta lo que escribe. Así que se me cayó el alma, el corazón y todo a los pies cuando supe lo que había dicho sobre las mujeres trans. ¿Ahora qué iba a hacer yo? Tenía pendiente leer sus novelas, algún ensayo más, pero sabía que ya no iba a poder hacerlo sin estar constantemente pensando: «Esta mujer considera que las mujeres trans no son como nosotras, que son ex-hombres». Como otras veces en que una feminista que he admirado se ha descubierto como TWERF (trans woman exclusionary radical feminist), sentí una profunda tristeza y decepción. 

Pero al rato esa tristeza y decepción fue sustituida por un sentimiento de culpa por... bueno, precisamente por sentirme así. Por sentirme defraudada. El vídeo de los comentarios de Adichie lo había encontrado en Facebook, en el perfil de una mujer trans que simplemente decía algo así como «hala, otra más». Yo era culpable de estar ciega, de pensar que todas las feministas a las que admiro son dignas de admirar cuando, en realidad, son muchas las que dejan fuera a las personas trans. Yo era culpable porque, mientras mi mayor preocupación era que había perdido a una autora que leer, a un modelo que seguir, las mujeres trans eran otra vez sujeto de que alguien les dijera que no eran lo que son. Y me enfadó, me indignó ese «hala, otra más», esa falta de sorpresa, porque significa que, incluso dentro del feminismo, como si no hubiera bastante con lo que hay fuera, queda muchísimo por hacer. 

7 de marzo de 2017

Qué chorrada

Justo después de conocerlo, mi madre me dijo que le había parecido muy majo, pero que lo que más le había gustado de él era que me miraba con mucho amor. Unas semanas más tarde, o quizá fue sólo unos días, le conté a mi psicóloga que una noche, ya ni me acuerdo de qué me pasaba –estaba nerviosa por algo, tenía ansiedad, me dolían los ovarios o quizá simplemente era cansancio–, me puse tristísima cuando él, viendo que yo no estaba bien, se había sentado a los pies de la cama, donde yo estaba acurrucada, y se puso a pensar en qué cena podría animarme más. Luego renunció a ver la serie que le apetecía por una que a mí me hiciera reír. 

Yo le contaba a mi psicóloga que qué chorrada, lo de cambiar una cosa que ver por otra, cualquiera habría hecho lo mismo, yo incluida, y sin embargo ahí estaba, envuelta en una manta intentando que él no me viera aguantar las lágrimas y me hiciera contarle qué me pasaba. Porque lo que me pasaba es que no entendía por qué alguien querría tener un detalle tan estúpido y a la vez tan bueno conmigo. Porque lo que me pasaba es que yo estaba lejísimos de creerme merecedora de su amor, de su cariño o de cualquier otra cosa de cualquier otra persona.

Así que aunque en la misma sala había llorado en otras ocasiones porque sentía que yo entregaba mucho más de lo que recibía, porque siempre estaba dispuesta a dar sin que a mí nadie me diera, de repente lloraba también porque alguien me quería y se preocupaba por mí. Alguien que no era mi madre y su amor incondicional. De hecho era un hombre. ¡Un hombre! Cuando todo lo que me habían dado los hombres, desde mi padre a mi anterior novio, no habían sido más que excusas que justificaran su comportamiento, chantajes emocionales y peticiones de que dejara de ser una egoísta y pensara un poco en ellos cuando, entre lágrimas, en lo más hondo de mis depresiones, les decía, simplemente, que yo no estaba bien.

Qué suerte que en algún momento del camino me encontré con uno que de vez en cuando se aseguraba de la que manta en la que estaba envuelta me tapara los pies y se quedaba a mi lado, en silencio, hasta que, cuando fuera, todo se pasara. 

1 de marzo de 2017

Malmö II.


Yo podía imaginarme viviendo en esa casa de paredes blancas, leyendo junto a la ventana y diciendo que jag bor på Repslagaregatan 11. Podía imaginarme sintiendo cada día, al salir, el frío viento de Malmö en la piel, las mejillas hinchadas, las manos entumecidas y la mezcla de dolor y satisfacción al sonreír con la cara congelada y decir que todo va bien, que soy feliz. 

28 de febrero de 2017

Malmö I.

Me daba miedo volver. Primero, porque temía que a él no le gustara, que no entendiera mi amor hacia la ciudad y que yo no fuera capaz de explicárselo. Me daba miedo estropearlo todo. Segundo, porque en mi mente existía la posibilidad de que, igual que había sentido al volver a Madrid, todo hubiera sido un sueño. Que las calles, las comidas, los cafés, los lugares, todo, hubieran mantenido una imagen completamente distinta a la realidad de mi cabeza / corazón.

No ha sido así. Ha sido un viaje maravilloso. Todo tenía el mismo color, el mismo olor que yo recordaba. He caminado por las mismas calles que hace dos años, he cogido los mismos autobuses, he comprado en los mismos sitios.

Me he sentido en casa por primera vez en mucho tiempo. 


29 de diciembre de 2015

2015

Hace unas semanas que estamos en la época del año en la que todo el mudo hace balance, y por supuesto cada red social te ofrece recordar cómo han sido tus últimos 365 días y qué has hecho, dicho, escuchado, leído, comido, visto o casi cualquier otra cosa por el estilo en ellos. A mí no me hacía falta que me recordaran nada, porque si algo tengo claro este año es cómo ha sido: ha sido un año de mierda. De enero a hoy volví de Suecia, eché de menos, lloré muchísimo, caí en una depresión, tuve insomnio y perdí a gente. No es que todo haya sido malo, porque también volví a Suecia, pasé dos semanas en un pueblecito de Finlandia con una familia maravillosa y viajé a un par de sitios más. Así que todo lo que he dicho y escuchado tiene que ver con la tristeza, y he comido y visto poco. Todo lo que he hecho me recuerda a las partes del año en las que no me iba tan mal y me genera nostalgia. Pero la verdad es que he leído bastante y bien. 

Goodreads me dice que he leído 50 libros este año, que el más corto tenía 24 páginas y el más largo 912. Me dice también que, al parecer, los que más me han gustado han sido Del color de la leche, Hiroshima mon amour, Beat Attitude, Diving into the Wreck, El segundo sexo y La herida en la lengua, pero yo también tengo que destacar El Sur, La garçonne, In Watermelon Sugar, Los niños se aburren los domingos y The Bell Jar. En un afán por trazar conexiones y, además, acabar el año de una forma un poco cíclica añadiré que La herida en la lengua, de Chantal Maillard, lo compré bajo la recomendación de un chico al que yo recomendé El Sur; que precisamente hoy he hablado de In Watermelon Sugar con una amiga (había dejado un fragmento escrito en una librería en la que hemos estado); y que ahora mismo estoy leyendo otra vez a Duras (he leído tres libros suyos este año) en El amor, libro que me compré el otro día en esa misma librería a la que he vuelto hoy (esta).

Llevo dos noches sin poder dormir y con muchas ganas de llorar. Esta mañana lo único que quería hacer era pasar la Nochevieja en mi casa, en pijama, bajo el edredón y abrazada a la almohada. No tengo ni idea de cómo va a ser 2016 y lo cierto es que me da mucho miedo que pueda ser peor. Me da miedo, también, que haga lo que haga el día 31, en el momento de las campanadas, estalle en un llanto provocado por la presión del futuro, por la incertidumbre, por el querer estar en otro sitio. Lo único que me consuela un poco es que voy a seguir leyendo, aunque las cosas vayan mal. Y que de todo lo que lea también me acordaré mucho dentro de un año. 

8 de octubre de 2015

Atlas of Remote Islands


Cuando tenía 7 u 8 años pasaba el tiempo que me sobraba entre que terminaba de comer y la hora de volver al colegio pegada a un atlas que había encontrado en casa. De ahí saqué una extraña fascinación por Bielorrusia (alguna vez pedí a mis padres, sin éxito, que me llevaran allí de vacaciones), memoricé un montón de curiosidades y datos que olvidaría pronto (como el número de grandes aeropuertos que tenía cada país, porque en realidad yo ya quería ir a todas partes) y me aprendí los nombres de muchas de las islas diminutas que venían en las páginas al final del libro. Así que esto es un poco como volver a tener 7 u 8 años. 

28 de septiembre de 2015


No me importa la falta de luz y lo rápido que se hace de noche porque puedo estar mirando la luna llena desde mi habitación a las cinco y diecinueve de la tarde. Parece una tontería, y probablemente lo es, pero creo que este es el momento más bonito que he vivido en Suecia, y quizá también en cualquier otra parte. Yo, la luz de una lámpara de mesa, Moksha de Caspian sonando, un libro de poemas y la luna llena ahí, en la ventana, rodeada de oscuridad y nada más. No quiero dejarlo escapar, no quiero que termine nunca, quiero congelarlo y vivir para siempre en él, que no cambie nunca lo que siento ahora mismo. Estas cinco y diecinueve son la definición de felicidad, y no sé si cuando avance el reloj lo seguirán siendo, no sé si quiero arriesgarme a saberlo. 

Suecia - 4.01.15

22 de septiembre de 2015

Llevo un tiempo queriendo escribir sobre la tristeza. Sobre el nudo en la garganta, sobre las ganas de llorar a todas horas, pero me he dado cuenta de que realmente no sé muy bien qué decir. Que está ahí. Que a veces no me deja dormir al mismo tiempo que no me deja salir de la cama. Que me hace querer que acabe todo pero que también empiece o que al menos vuelva al principio, a como estaba todo antes. No sé muy bien a qué me refiero con «todo» ni con «antes». Me refiero, supongo a algo que en algún momento tiene alguna gente. Lo que sea que les haga tragar el nudo, secarse las lágrimas, esperar el metro en el andén sin pensar en otra cosa que no sea cogerlo cuando llegue. No sé, eso.

10 de agosto de 2015

3 de mayo de 2015

No estaría mal

No estaría mal poder coger un avión ahora mismo sin pensar en todas las cosas en las que tengo que pensar ni en las que no tengo que pensar y acabar aquí o en cualquier otro sitio donde haya árboles y caminos de madera que parece que no acaban nunca y mucho silencio. 


(Las comas son para los que tienen miedo a ahogarse.)

15 de marzo de 2015

Volver a Madrid fue como despertarme una mañana para descubrir que nada de lo que había soñado era real. El 22 de enero me desperté en mi cama como si los pasados cinco meses no hubieran existido nunca, y en cierto modo era así. Mi vida volvía a ser tal y como yo la había dejado, la gente de mi alrededor seguía siendo la misma y todo el mundo parecía estar orgulloso de que «fuera como si no me hubiera ido». Pero es que sí me había ido. 

Volver a Madrid ha sido volver a sentir lo mismo que antes de irme, con la diferencia de que ahora sé que podría no sentirlo, ha sido comprar cosas que creo que me van a acercar a personas tanto como lo hizo Suecia, ha sido ir a sitios por no tener otra cosa que hacer y no por querer y ha sido no ir a sitios por no tener fuerzas para hacerlo. Y ha sido no dormir.

Volver a Madrid es volver a querer irme. 


Wonder if you can see
All that you've done for me
I wanna figure it out, need to figure it out
But it's all so fucked up right now.

13 de agosto de 2014

La huida II

El domingo llegué a la ciudad, a la habitación y a la universidad que me van a acoger durante los próximos seis meses. Lo siguiente ya no sé lo que es. 




(He llegado aquí.)


26 de junio de 2014

La huida

El deseo de huir ha estado siempre tan presente en mí que ahora que voy a hacerlo de verdad sólo soy capaz de verlo como otro texto literario más que como una realidad. 

(Supongo que hasta que lleguen los nervios de la noche antes.)

24 de mayo de 2014

A Room of One's Own


Me gustan las librerías y pasar el tiempo en ellas, entrar intentando recordar ese libro que dos días antes dije que tenía que leer y acordarme de cuál era justo cuando ya tengo otros dos en las manos y sólo puedo llevarme uno, que seguramente terminará siendo otro distinto a esos tres. El problema viene, entonces, cuando no tengo tanto tiempo para ir y, entre página de apuntes y diapositiva de Power Point, me vienen títulos a la cabeza que no tardo en buscar en cualquier tienda online, con la excusa de saber dónde está más barata la edición que más me gusta. Y es una excusa porque yo sé desde el principio que voy a caer en la tentación de comprarlo, que me van a convencer con cualquier descuento que digan hacer si lo pido en ese momento o con su juramento de que, si lo compro ya, al día siguiente lo tengo en mi puerta (¡y con envío gratis!). Más o menos así es la historia de cómo ha acabado Una habitación propia en mis manos, pero prometo que en 132 páginas me pongo a estudiar, de verdad. 

17 de mayo de 2014

París y el Louvre

Con dieciocho años visité por tercera vez París y fui por primera vez al Louvre. No haber ido antes no había sido por falta de interés, simplemente por unas razones u otras (o sólo por no esperar tanta cola) las dos primeras veces terminamos en el D'Orsay y en el Pompidou. Pero a los dieciocho años iba a París con dos amigos, uno de los cuales no había estado nunca y dejó claro desde el principio que no podíamos irnos sin haber ido al Louvre y al Palacio de Versalles. Así que fuimos al Louvre.

Y me gustó, claro, y mucho, pero creo que no lo disfruté tanto como había disfrutado, por ejemplo, el Pompidou. Creo que mucha gente tiene la idea de que, si vas a París, tienes que ir obligatoriamente al Louvre, y es algo con lo que no puedo estar más en desacuerdo. No intento decir que solamente grupos de entendidos en arte deberían ir al Louvre, gente que se sabe la obra y vida de todos y cada uno de los artistas expuestos y que se dedica únicamente a hacer turismo de museos por el mundo. No, ni mucho menos. Que vaya quien quiera, pero quien quiera siempre que no vaya a ir paseando por el museo como si fuera por un centro comercial. Porque para eso que se vaya a un centro comercial de verdad y que se guarde el precio de la entrada para comprarse algo allí, estoy segura de que a su vuelta al lugar de donde sea encontrará a alguien a quien le interese mucho más hablar de cómo son los centros comerciales parisinos a cómo es el Louvre.

Supongo que esto se podrá aplicar a muchos más museos, se puede ver mismamente en alguna exposición del Thyssen como vayas un día y a una hora en la que haya mucha gente, pero creo que en el Louvre es donde más exageradamente lo he vivido de todos los museos en los que he estado. No quiero que ahora todos se vacíen, eso sería tristísimo, quiero que estén llenos de gente interesada en las obras que ve, que disfrute de estar allí. No quiero a gente apelotonada en las escaleras frente a la Victoria de Samotracia, mirando el móvil y que ni pasa ni deja pasar, ni a gente que va por las salas hablando (y a veces demasiado alto) de lo que hicieron la noche anterior y que al llegar a la Gioconda se vuelven locos para conseguir una foto con la que puedan probar que han estado allí cuando le enseñen a sus amigos el reportaje de las vacaciones de verano. Alguien debería decirles (quizá que saltara un aviso al comprar los billetes de avión o reservar el hotel) que París tiene muchas cosas que ver y no es obligatorio ir al Louvre, sobre todo si no vas a mostrar ningún interés en lo que hay allí. Efectivamente, creo que lo ideal sería que esa gente sí estuviera interesada en ello, pero también creo que estamos muy lejos de eso. Y a la vez me parece que se delatan ellos mismos. cuando ves lo llenísimas que están las salas en las que hay obras famosas y el progresivo descenso de gente según te vas alejando de ellas.

Y todo esto viene a que hay días en los que mi amor por París se intensifica un poco y quiero volver y, como no puedo, me acuerdo de cuando ya he estado.